Entrar es muy difícil, pero hay quienes se esfuerzan lo suficiente para lograrlo.- “Ocho de cada diez se dicen inocentes”, pero a los que lo son no se les escucha. - Es sorprendente encontrar que en el reclusorio no hay gente mala.- Una tele o un colchón, máximos privilegios para los que se portan bien.- Para muchos es como ganarse un “VTP”.-
Por Matías LOZANO DIAZ DE LEON
“Entrar es fácil, lo difícil es salir” -piensa uno viendo la cárcel desde la calle-, pero no es así: en realidad entrar a la cárcel es muy difícil, pero hay quienes se esfuerzan lo suficiente para lograrlo.
Y, sin embargo, viera Ud. qué extraño es encontrarse con que adentro no hay gente mala.
Alguna vez, quizá la última, que entré a la Cárcel de Varones en la calle Colón, en lo que ahora es el segundo patio de la Presidencia Municipal, salí con aquella imagen del hacinamiento, de los malos olores, de los presos de miradas torvas, rostros de malditos, que obligaban al visitante (en esa condición entré) a caminar con los ojos como si fueran satélites en el espacio, y sin separarse un centímetro de los guardias que nos acompañaban. Se había fugado un preso aprovechando la conexión que había hacia los juzgados que entonces operaban en Palacio de Gobierno, donde ahora son las oficinas de Prensa (abajo, al fondo a la izquierda estaba la Oficina de Averiguaciones Previas y al centro, la Procuraduría General de Justicia), y fuimos a “reportear” el asunto.
Con la creación del CERESO, en la salida a Calvillo, la cárcel nos quedó más lejos, tan lejos, que hasta ahora volvimos a pisarla; por fortuna en la misma condición que la primera vez y para sorpresa nuestra, las cosas han cambiado. Ahora es más difícil entrar: antes, bastaba que don Jorge Delgado nos abriera la vieja y pesada puerta; ahora son muchas las puertas que se deben traspasar para llegar al interior.
Filiberto Ramírez, Secretario de Seguridad Pública Estatal había prometido que la visita sería de sorpresa, para que no se disfrazara nada, y así fue. Ni el director, Joaquín Lara de Alba lo sabía. Pero viendo el escenario entendemos que no era necesaria la estrategia, no se puede tapar el sol con un dedo.
Conforme pisamos los patios de la cárcel, los terrenos de los internos, el jefe policiaco mandó que volvieran a sus puestos los muchos elementos que se habían propuesta vigilar por nuestra integridad física, seguro de que no se necesitaba tanto aparato para caminar por ahí. A la distancia nos parecía ver un parque en cualquier colonia: una jardinera grande con sólo manchones de pasto del prado original y al centro un árbol también en precarias condiciones; y, deambulando por ahí muchos individuos.
-¿No tienen en qué ocuparse? –Preguntamos. –“Aquí no trabaja el que no quiere, no podemos obligarlos, es la ley”, responde Filiberto. Y, en consecuencia, muchos reos se dedican sólo a ver, a sentir el transcurrir del tiempo. ¿Cómo creer que en la cárcel, viviendo de esa manera, experimentarán una transformación, lo que el gobierno llama “reeducación social”?
-“No hay viento favorable para el que no sabe a donde va”. Lucio Anneo Séneca
Al amparo de un muro, varias casetas telefónicas permiten a los internos mantenerse en contacto con el exterior, con su familia o con sus cuates, con sus cómplices, con quienes quieran, mientras tengan una tarjeta telefónica. Quienes los visitan les llevan, pero también pueden comprarlas en las tiendas que hay adentro del reclusorio.
¿Con quien hablas los internos? Sólo ellos lo saben, no hay “pájaros en los alambres”.
Filiberto Ramírez dice otra vez que en este mes podrá instalarse un disco, una grabación que anteceda a la voz del interno y advierta a quien recibe la llamada, que procede de una cárcel y que puede recibirla o rechazarla. Reconoce el funcionario que en las cárceles se conciben y se cometen muchos delitos, pero no hay forma de intervenir los teléfonos. Los organismos de Derechos Humanos pondrían el grito en el cielo. Por lo menos, no hay celulares en las celdas. Eso sí está prohibido, no así los televisores, o un colchón, lujos que se le puede permitir a quien sabe ganárselo con buen comportamiento, con espíritu de superación.
Hay en el reclusorio mucho trabajo por hacer, por deterioros que los mismos internos causan, y que ellos mismos podrían reparar con el correspondiente salario, pero la autoridad se metería en un problema con ello. Con todo, en términos generales las instalaciones están en buen estado. Incluso, ya no se ven los rostros angustiantes, ya no se “huele” el peligro de caminar entre ellos.
Mario Uribedeña, acusado de fraude, se queja de una neuralgia, dice que es un dolor tan molesto que mucha gente se suicida, pero nos reconforta, afirmando que es una persona con muchos valores y que no considera ese tipo de salidas. Quiere seguir luchando para probar su inocencia.
“Ocho de cada diez se dicen inocente”, refiere el Secretario de Seguridad Pública Estatal, mientras caminamos por los pasillos de las galeras o secciones. Las celdas son espacios reducidos, lo más que se les puede dar y lo menos que permiten los Derechos Humanos. Cada celda cuenta con cuatro camas de piedra, igual “de piedra la cabecera”. Los internos están separados según su perfil, buscando con ello compatibilidades para una mejor convivencia y para evitar “contaminaciones”. Hay secciones en las que la ocupación no es total, y ello ofrece a los ocupantes mayor espacio.
Casi en la totalidad de las celdas se ven hornillas eléctricas y despensas, entre los objetos personales que a los internos se les permite tener. Jitomate, cebolla, chiles, aceite para cocinar, en fin: se procuran comodidades que les autoridades penitenciarias no impiden, aunque repercuta en los presupuestos, como ocurre con las parrillas, que consumen “un buen” de energía eléctrica.
También en las celdas hay muchos internos de oquis. Hasta el penal llega el “mal necesario” de las vacaciones escolares, y los que siguen algún curso, se encuentran con que no hallan qué hacer. Algunos juegan dominó, otros están enfrascados en la elaboración de trabajos manuales y los más, simplemente en la “chorcha”, inofensiva, de convivencia, de recuerdos, de anécdotas.
Pero lo que no falta en ninguna celda, es la imagen religiosa, entre las que mandan la estampa de la Virgen de Guadalupe y el crucifijo. ¡Qué sorprendente lugar es la cárcel, donde conviven el delito y la religiosidad; Pero más sorprende es que en la mayoría de los casos, ambas se practican con gran fervor!
“Qué poco cuesta construir castillos en el aire y qué cara es su destrucción”: Francois Mauriac
Dependiendo de las necesidades de cada persona, en el interior del CERESO se tiene de todo, o casi de todo. La tienda, bien surtida, provee de lo que en el exterior se pueda buscar en materia de abarrote, incluso pan “del día”, que se fabrica en la tahona operada por los reclusos, con una consistencia muy apropiada para remojarla en la taza de café o chocolate. Con razón afirma Filiberto Ramírez que quienes están en la cárcel es como si se hubieran ganado un VTP (viaje todo pagado)
“¿Para cuando van a ser los traslados”? –pregunta a Filiberto un muchacho con deseos de irse al de “El Llano”, donde dicen que se vive mejor, que hasta los dejan checar sus “Email” y navegar por el mundo a través de la Internet. En este, no: hay computadoras y se conectan a la red, pero nada más los que asisten a los cursos, y nada más para “bajar” alguna información relacionada con lo que estudian. El que preguntó es Javier Alejandro Briceño y sentado junto a él está su hermano Juan Luis. Tienen cara de niño, “pero no te creas, aquí hay muchos alaquines”, dice nuestro cicerone.
Sentados en una cama están dos jóvenes internos: uno de ellos, Cristian Fernando Huitrón, dice que robó “por cotorrear”, por seguir la “onda” de los amigos, pero que está estudiando en la cárcel para trabajar cuando salga, quiere darle otra vida a su pequeño hijo que tiene con una muchacha con la que piensa casarse. Lo sentenciaron a 5 años y lleva 14 meses.
Cada celda tiene su “cuarto de baño”, no es como en las películas, donde se ve el inodoro en el mismo espacio donde está la cama o donde come el recluso. Las tazas son blancas están muy limpias. Se nota que están limpias siempre. No hay regadera –“no les duran, las quitan”, pero se bañan con el chorro de agua, fría o caliente, según lo prefieran.
A pocos metros vemos una serie de “tiendas de campaña” distribuidas en una especie de jardín, en las que conviven los reos con sus familiares, es una sección aislada, en la que se encuentran delincuentes como los que secuestraron y mataron al empresario Jorge Quesada, y ex policías que no pueden deambular por el resto de las instalaciones por el riesgo que ello entrañaría para su integridad física.
En la biblioteca hay buen acervo, incluso “Cuento y poesías para los jóvenes”, pero el libro no tiene mucho uso. Cuenta el Centro de Reeducación Social con varias aulas para quienes quieran estudiar, y hay muchos que aprovechan la oportunidad, también lo hacen para preguntar cuándo entra en vigor la reforma a la ley penal, por la cual los menores de 21 años deberán salir de los CERESO para ingresar a centros tutelares.
En el taller de Carpintería nos encontramos con Hugo Carlos Ruiz Escoto, colega de medios de comunicación, y su presencia ahí nos recuerda que seguimos sin explicarnos lo sucedido. La cárcel no ha agriado su carácter, y en la sinceridad de un fuerte abrazo sentimos que se apropiaba de los vientos de libertad que había en nuestras ropas, y a la vez nos impregnaba su espíritu, para que lo liberásemos al volver a la calle. El popular locutor tiene muchos proyectos en su nuevo oficio, no sólo en el uso de la madera, y con el buen humor, que conserva, igual que su corpulencia, nos platicó de sus planes para elaborar cintos pitiados, a la vez que se sopesaba el vientre. “Allá (en la calle) nos veremos en el 2019”, nos dijo al despedirnos, con optimo.
Vemos los altos muros y tratamos de recordar la última vez que alguien logró evadirse. “Intentar la fuga de manera individual, es un deseo legítima, no se castiga, pero en grupo, es otra cosa”, señala Filiberto Ramírez. Pero además, muchos internos (también el “ocho de cada diez” funciona en esto) tienen en la cárcel comodidades que no tienen ni en su casa, si bien, hay exigencias “ilógicas, irracionales”, dice el funcionario, y refiere el enojo de muchos porque no se les permite el acceso a las computadoras para visitar páginas “hot”.
-“Matar es una estupidez. Nunca debe hacerse nada que no se pueda contar en la sobremesa”.- Oscar Wide
Fuera del comedor hay largas filas, es la hora del “toro”: entramos y vemos el típico recorrido por las ollas del “bufet”, las raciones son buenas, el menú: arroz, frijoles y como platillo fuerte, “nopales con chile rojo” (¡si al menos los dejaran conectarse a Internet!) En una mesa hay un plato con varios chiles verdes y güeros que minutos antes fueran “toreados” en las parrillas de las celdas.
“No hay tortillas, ya se acabaron”, dice un interno para que lo oigamos. ¿Ocurre diario? No, a veces”, pero “sin comer nadie se queda”, asegura nuestro guía, y agrega que incluso pueden repetir, mientras alcance. La comida es buena (José Luis Morales Peña puede dar razón de ello) tiene sazón, la hacen las vecinas, las del CERESO femenil, en una cocina limpia y ordenada, que visitamos en días recientes. No todos los internos utilizan el comedor, muchos llevan sus platos a su celda, donde cuentan con otros aderezos.
Un individuo que (¡extraña coincidencia!) se encuentra en la caseta telefónica cuando volvimos a pasar por ahí suelta el aparato y saluda al grupo. Se llama Luis Flores Richardson, es originario de Cieneguitas, Zacatecas, dice ser abogado y sin embargo quiere cursar otra vez la educación básica, “para demostrar que puedo” y porque quiere trabajar para el gobernador Luis Armando Reynoso. “Sería un orgullo trabajar a su lado” y para agradecerle la hospitalidad, “porque no estamos en un centro penitenciario, estamos en una escuela aprendiendo a vivir en libertad”, pregona, y extiende una invitación a sus compañeros a la no violencia. Refiere que fue funcionario federal 17 años; está acusado de fraude y sentenciado a 22 años de cárcel; pasó cuatro en Zacatecas y hace un año que logró que lo trasladaran a esta ciudad, y asiste a cuantos cursos puede.
En una aula de 5 por 6 metros aproximadamente, están poniendo vitro piso: los obreros son internos, a quienes se les paga conforme a su oficio, y el gasto corre por cuenta de la diputada Gabriela Martín Morones, ella donó el piso nuevo.
En la última etapa del recorrido llegamos a un amplio espacio, con zonas verdes que incluyen varias pequeñas palapas, que no están ocupadas pese a ser día de visita, pero a la vuelta del recodo hallamos la respuesta, es un espacio casi del tamaño de una cancha de fútbol, en cuyo centro hay una especie de kiosco y al fondo, la obra en proceso del templo que está construyendo el Padre Willy.
Esposas visitando al marido, que disfruta de la compañía de sus pequeños hijos; hombres y mujeres de edad madura en compañía del hijo; hijos visitando a sus padres, y en medio de aquellos cuadros que obligan a la reflexión, muchos chiquillos entregados a sus juegos. Ya vendrá el tiempo en que deban preocuparse por las cosas de los adultos.
En la soledad de una banca encontramos a uno “de los dos de cada diez” que se dicen inocentes: Carlos Lemus Zúñiga está con su madre, Maximina Zúñiga, que fue a visitarlo: ella le cuida a los hijos, chicos, todavía; la madre dejó el hogar poco antes de que la tragedia que lo mandó a la cárcel: en el 2001, Carlos conducía el autobús urbano y una niña llegó por un costado y perdió la vida bajo las llantas del vehículo. La justicia, ciega como es (y muchas veces lo son más los que la administran), lo sentenció a cinco años de prisión, ahí está su caso en el Juzgado Quinto Penal. Los abogados le dicen que todo va bien, pero él sigue encerrado. -“La que debiera estar encerrada es la madre de la niña”, dice Heriberto Ramírez, pero la ley no opera así.
A la distancia saludamos, mientras convivía con su familia a Gerardo Pasillas, el reportero gráfico que ganó notoriedad por las fotografías eróticas de la galería que El Mosco mandó confiscar siendo presidente municipal, de lo que derivó una recomendación de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos que nunca atendió, y que pudiera pesarle en su intento por ser elegido otra vez para ese cargo.
Las cosas han cambiado. Ya no hay un día específico para la visita conyugal, ahora la pueden recibir todos los días, si bien, sujetos a un programa, que incluso atiende las necesidades de los internos o, mejor dicho, de sus parejas pues ellos están prestos todos los días, y los horarios son de 7:0 a 11:00, de 13:00 a 16:00 y de 17:00 a 20:00 horas.
Tantas consideraciones a veces prohíjan inconvenientes, merecidos en algunos casos, injustos en otros, como ocurre con la revisión a que son sometidas las mujeres, de la edad que sean, porque no unas cuantas no han dejado a salvo oquedad corporal alguna en su intento por pasarle droga a su pareja, lo que obliga a someter al mismo escarnio a la generalidad, y ahora también los niños, porque madres irresponsables se han valido de ellos, incluso en edad de usar pañales, para que su “viejo” pueda calmar su vicio.
Terminó el recorrido y nos despedimos del Director, Joaquín Lara de Alba; del Administrador, Ernesto Ruiz Calderón, del jefe del Jurídico, César Torres Domínguez; del titular de Seguridad Penitenciaria, J. Jesús Gutiérrez González; del comandante del CERESO, Gerónimo de León Cruz; y del Subdirector Técnico, Rogelio Romero Muñoz; y agradecimos el apoyo del Secretario de SSPyVE, Filiberto Ramírez y de su equipo de Prensa, Jesús Ruvalcaba y Miguel pero sobre todo dimos gracias porque nada nos retenía dentro de aquel recinto, donde otra cosa vimos que comparten los cerca de 800 internos del CERESO Aguascalientes: la pobreza; y no creemos que sea porque sólo en ese nivel económico se cometen errores. Reza el refrán que “Aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”, pero quienes tienen el oro no lo usan para hacer barrotes (ni siquiera de oro) sino, al contrario, para evitarlos. En cambio, muchos de los que están tras las rejas pudieran no estarlo, pero carecen de dinero para pagar la fianza. Pero también hay otros que quizá, aunque puedan, no se esfuerzan para salir, porque en la calle nadie los espera.
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